Crisis Política: un desafío ético.
61 % de
los chilenos considera que enfrentamos una crisis política, según la encuesta
de Imaginacción y la Universidad
Central. El subsecretario del Interior
Mahmud Aleuy señaló que los escándalos de corrupción han
desnudado un problema ético
en Chile, el que sólo se podrá enfrentar con una acción efectiva de
todas las instituciones del país.
El diagnóstico de la sociedad civil y las
autoridades es el mismo: enfrentamos una crisis ética y necesitamos una solución integral. No se trata de tirar la “mugre bajo la
alfombra”, requerimos asumir la urgencia
que exige desafiar un problema que erosiona nuestra convivencia
social, y por ende la credibilidad que da sustento al proceso democrático.
Se necesita de liderazgos creativos, en varios frentes, sino terminaremos diluyendo
nuestro capital social.
Ese recurso
que se expresa en la confianza que tenemos
hacia los demás, que nos permite trabajar
junto a otros, formar equipos y postergar
intereses individuales por proyectos colectivos. Estos son: la confianza, asociatividad,
flexibilidad, que al plasmarse en las instituciones y en las prácticas de una sociedad, determinan
su productividad, estabilidad y la paz
social.
Ese
es nuestro desafío: enfrentar un
problema ético que erosiona las
confianzas. Que requiere de soluciones creíbles de cara a la ciudadanía, que
exige de parte de algunos políticos y empresarios, que
asuman su responsabilidad, al margen de la legalidad de sus acciones, no olvidemos que la norma
positiva es apenas un mínimo ético. La Ley 18.575 señala que la probidad
administrativa, que no es otra cosa que la aplicación de principios éticos a la
función pública, “consiste en observar una conducta funcionaria intachable y un
desempeño honesto y leal de la función o cargo, con preeminencia del interés general
sobre el particular.” Esta es la clave que debe traducirse en la guía para el
accionar de los empleados públicos, que enfrentados a un problema de
integridad, de ética, de probidad, deben hacer primar el interés general por
sobre el suyo particular. Las autoridades,
deberán
demostrar más que nunca, que su comportamiento se sustenta
en principios y esto debe apreciarse día a día. Así como los funcionarios
que manejan los recursos, en
particular aquellos que la sociedad provee para cumplir los fines sociales del
Estado, que actúen de manera transparente y los mecanismos fiscalizadores
sean efectivos y concluyentes.
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